El feto, la vida, el aborto. Los que vivimos cerca del estrecho vemos que la vida no es si no una cuestión de fronteras. Naciste aquí y no allí, eres hombre y no lombriz. Por más que algunas fronteras se puedan mover unos centímetros otras permanecen desde milenios.
Así, en tiempos de guerra se comprueba que lo que antes era delito hoy es obligación.
Una cultura es una frontera, más allá de esa cultura solo hay el vacío. Aquellos que dicen que la ciencia elimina fronteras ignoran que la ciencia no tiene valores. ¿Acaso las bombas nucleares que podrían acabar con nuestro planeta y toda la vida que hay en él no son fruto de la ciencia?
Respetemos las creencias religiosas, las vidas de las gentes, la sabiduría popular. Ciertamente la ciencia afirma que no hay fronteras. La misma lógica ha afirmado que ella misma en su afán llega a contradicciones cuando se intenta explicar todo lo posible. Es decir, por más que todo lo que existe sea discutible y “relativo”, el progresista que desprecia la cultura existente creyendo que derribando lo que existe encontrará algo mejor se equivoca: sólo la nada no admite negación.
El primer paso es llamar a las cosas por su nombre. Tal vez convendría reducir en gran medida el número de políticos y demás personas nombradas por libre designación y cuya función principal parece ser derribar las fronteras.
Mejoremos las condiciones de los que cultivan con su trabajo las fuentes. Campesinos, médicos, jueces y demás. No necesitamos nuevos ministerios, ni educación para la ciudadanía, ni de que nos impongan el relativismo de un mundo sin fronteras cosa que nunca ha existido. Intentemos al menos salvar o mantener lo que ya tenemos.
Llamadme conservador. Quiero conservar lo que he vivido y lo que respeto. No más palabras modernas hueras de significado, no más modas vacías, no más hipocresía de medios de comunicación que se nutren de anuncios para crear ludópatas y demás lindezas y luego critican como si fuesen pulcros.
Bien, el sermón de hoy.
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